PARAULES AMB AROMA

Tinc una planta i l'acabo de batejar amb el nom d'Aroma. El seu perfum embriaga de tal forma que les hores es desdibuixen en un temps, on les agulles del rellotge marquen minuts inexistents. Les seves fulles desprenen energies que no es deixen veure però que impregnen l'espai de poesia. Aroma és menta, aroma és amistat.

23 de febrer 2017

LIENZO CELESTIAL


Un peso sobre la cabeza, una nube quizá. En contacto con mi mano algo suave, tierno. Sin duda me acerco al cielo. Sí. Rápido tomo conciencia de mi elevación. Cielo, nube ¿mente? Alzo mi cuello y la altura de la cabeza sobre la nube. Derivada de la altitud, una mirada, irresistible, tentadora, delicadamente extraída de la representación de una cena celestial. Sorpresa absoluta. Me doy cuenta de que soy la invitada inesperada. Me dirijo a la silla situada a la izquierda de Dios padre, ángeles y santos repartidos a ambos lados del banquete. Todo perfectamente arreglado. Las velas apagadas. Las copas boca abajo. San Pedro y las llaves del cielo. Miro. Te busco. No te encuentro a ti entre ellos, pero un ángel generoso me da la bienvenida, me presenta a otro ángel, un artista pictórico llamado Miguel Ángel. Cuadros por aquí y por allá, mezcla de nubes y estrellas,  planetas y soles, con clara voluntad recordatoria de ausencias estelares; todos colocados en círculos y diferenciados por la variedad de impregnaciones de añil. Nos adentramos en otra sala diáfana, trozos de barro, dicen que del alfarero ausente,  herramientas para modelar, yesos, pinturas, pinceles, espátulas, caballetes y en uno de ellos el dibujo de unas alas azules. El ángel pictórico y yo intercambiamos impresiones durante una breve eternidad. Nos presentamos, nos decimos el nombre, intercambiamos datos, números de teléfono, whatsapp, facebook, instagram, gustos, lugares, zapatos, revelaciones increíbles y juegos. Me mancho de pintura las manos. Una nube blanca, acoge el lienzo, veloz, cristal de agua, fresca, luego copo de nieve, helado, sé que es una nube bella, inquieta. Y me transformo en el dibujo improvisado al que te abocas, te acercas, león feroz, hambriento; fiera salvaje entregada a los placeres carnívoros de la selva. Alzo el látigo, como viejo domador de circo, provocándote para que abandones la tierra hostil, seca y calurosa, y acariciar tu pelaje con mis falanges y orientarlas hasta alcanzar tu pequeño corazón en  la amplitud de tu pecho. Me parece escuchar el sonido de tus garras; calculo la distancia. El crujir del suelo, te oigo, te acercas y adivino el rugir de dos fieras colocadas frente a frente, internándose en una dimensión de la selva promiscua, tomando conciencia del sonido grave de sus respectivos gruñidos. Somos leones que han perdido la manada. Caminamos por la selva. Equidistantes. El ángel generoso aparece más hospitalario, se acerca, las alas vuelan del cuadro, mañana volverán. Me colma la copa con vino celestial. Dios padre me ofrece un trozo de pan caliente. Mi mente se embriaga. Sólo espero dormir. Escuchar el rugido del león en mis sueños, mientras me envuelvo en la melena suave. Los ángeles juegan y se divierten. Somos incorregibles. El vino celestial me sabe a gloria. Me lo bebo y duermo la mona literaria al lado de Dios Padre. Pedro sella las puertas del cielo. Lienzo celestial.

@ paraulesambaroma


Badalona, 23 de febrero de 2017

PARIS

Nubes de cielo anuncian con marcharse lejos, viajando hasta el cuerpo resistente de la Torre Eiffel. Miles de estrellas brillantes presencian el acontecimiento. Ya se desviste de la armadura de hierro y se cuela en mi mente. Llegó. Trato de escuchar, esfuerzo grato de imaginación, sus pasos ligeros y juguetones, entre la multitud de visitantes del Louvre. Está, su visión, aquella que ya no recuerdo, me hace mirar al hombre que utiliza el compás, provocándome una ternura inconfesable que me lleva a viajar sobre sus coordenadas, hoy y mañana. Nubes. Cielo. El juego de sus apariciones, su proceso oculto acercándose a mí. Sus provocaciones veladas. Su espalda, acogiendo el revuelo que forman sus cabellos, negros, negros café, hojitas revoltosas que el viento mueve a capricho. Sus manos, sus bellas manos, manos de melodía las llamó, porque yo dije que parecían manos etéreas de pianista. Sus manos vuelan de mí desde la mirada de sus ojos; sus ojos intensos y la forma como los deja penetrar sin que parezca que me miran. Su cintura alfarera, moldeada de barro y mar; su cuerpo todo alejándose, transitando autoritario y bello, extrovertido, impetuoso. Pero sé que no acudirá a la cita pictórica. Fue una licencia mía, fantasiosa si lo prefiere, literaria también, un experimento quimérico y artificial de crear con sublimación y magia lo que nunca existió. Paris. La Torre Eiffel, símbolo de la mujer fortalecida entre las columnas inflexibles de su soledad, diminuta soledad acompañada de la mano amiga. Desciendo cada uno de los pisos metálicos esperando oír sus pasos tras de mi. Abro mis ojos y no está entre la multitud de viajeros que visitan la Torre, ni en las salas del Louvre, ni entre las plantas del jardín botánico. Ángel bello al que devotamente atraje a mi mente, mi ángel invisible y eterno, cierto en sus juegos fieros, certero en sus arrebatos y en sus vuelos. Ser de nube ¿Qué te hice? ¿Qué te ocurrió? ¿Por qué tanto silencio? ¿Por qué tantas nubes sin luz? A esta hora del día las nubes de Paris son pasajeras, inquietas, cielo gris, estela de pisadas endiabladas.

@paraulesambaroma



Badalona, 23 de febrero de 2017
 
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